El castillo Vogelod

Cine de terror, ciencia ficción, fantasía y literatura fantástica

¡Enterrado vivo!

Sus secuestradores lo habían sepultado en un endeble cajón de madera, en un sitio apartado. Los días pasaban, y la esperanza comenzaba a desvanecerse...

"Si no les das 75.000 dólares, me matarán. Esta gente habla en serio". Se oyó cuando colgaron el auricular, y luego sólo el zumbido de la línea.

Enterrado vivo: ilustración referida al suceso

Para Benny Baucom, fundador y presidente de Bebco Industries, compañía electrónica de Estados Unidos, aquel zumbido señaló el principio de una espera angustiosa. Había recibido una llamada en su oficina el miércoles 22 de septiembre de 1982. La voz que débilmente le llegó por el hilo era la de su hijo Mike, de 21 años; pudo notar que era una grabación. Sólo logró entender una o dos frases, y luego la escalofriante afirmación final: Esta gente habla en serio.

Trató de no dejarse llevar por el pánico al comprender que habían secuestrado a su hijo. Fue a la oficina de Sherry, su hija y secretaria, y le preguntó quién le había hablado por teléfono. Un hombre. Baucom llamó entonces a varios funcionarios de la empresa y les informó del secuestro de Mike. Debían mantener en marcha la empresa, para dar la apariencia de normalidad, les dijo, y no revelar el asunto a nadie.

Camino de su casa para informar a su esposa, las ideas de Benny giraban en torno de un vórtice en cuyo centro había un hombre, Ronald Floyd White, ex vendedor de la Bebco que había renunciado a su empleo la primavera anterior. A Benny le había dado la impresión de que este individuo era un estafador, un pistolero que se autocalificaba de "mercenario".

De pronto, todo se aclaró. Benny había estado pensando por qué le pedían como rescate 75,000 dólares. ¿Por qué esa cantidad? ¿Por qué no el triple? Recordó que pocos meses antes había vendido algunas propiedades por 80,000 dólares. White estaba enterado de la venta, y debía de creer que su ex jefe disponía de esa cantidad. Benny ya no dudaba de que Ron White fuera el secuestrador.

A las 9:30 de la noche anterior, Mike Baucom estaba viendo la televisión en su casa, donde vivía solo, a diez kilómetros de la fábrica de su padre. Al oír tres golpes dados a la puerta, abrió sin vacilar... y se vio ante el cañón de una Magnum .357. El que le apuntaba con la pistola tenía largo el pelo y edad similar a la suya. Tras él había un hombre de pelo negro que sostenía una escopeta. Lo obligaron a entrar en la cocina, lo maniataron, le cubrieron los ojos y lo amordazaron con cinta de aislar. Luego lo llevaron a su propio camión, lo hicieron subir a la cabina y se marcharon.

Atravesaron Houston y avanzaron hacia el norte durante media hora, hasta llegar a una zona apartada y boscosa, en un campo petrolero abandonado. Allí, los secuestradores lo obligaron a grabar dos mensajes: "Papá, estoy en dificultades. Estos tipos son rudos. Si no les das 75,000 dólares..."

El segundo mensaje contenía instrucciones: "Ve al monumento de San Jacinto, al este de Houston; toma el trasbordador de Lynchburg para atravesar el canal. Sigue el camino a Junior's Minute Man, la tienda de abarrotes (1) que está en la carretera interestatal 10, y espera una llamada junto a los teléfonos del estacionamiento".

Terminada la grabación, los dos hombres sacaron del camión a Mike y lo obligaron a caminar hasta un hoyo en cuyo fondo había una endeble caja de madera, de unos dos metros y medio de longitud por 60 centímetros de anchura y 35 de altura. "Le dejaremos media rebananada de pan y una botella de plástico llena de agua", le indicó uno. "Tenga calma. Si todo sale bien, volveremos en un par de días a sacarlo".

Lo obligaron a tenderse en la caja, le pusieron una cubierta, introdujeron cuatro tubos de plástico de dos centímetros de diámetro para que pudiera respirar, y empezaron a palear tierra sobre el hoyo. Después, para disimular el sitio, dejaron caer sobre él unos neumáticos viejos, luego se alejaron.

Después de dar la mala noticia a Glendell, su esposa, Benny llamó a Bryan Lamb, jefe de la policía de Santa Fe, quien lo interrogó. Benny le mencionó su sospecha respecto a White. Lamb aconsejó que volviera a la fabrica y esperara. De vuelta en la jefatura de policía, Lamb notificó al FBI.

Camino de la fábrica, Benny se desvió hacia la casa de Mike y vio que el patio estaba vacío. Concluyó que los secuestradores se lo habían llevado en el camión del propio Mike. Llevado por la ira, fue a una tienda de artículos deportivos y compró dos cajas de cartuchos para el rifle que había puesto en la cajuela de su auto al salir de casa. Cargó el arma y se dirigió hacia el remolque de White, en Houston. "Si el camión de Mike hubiese estado allí", confesó después, "habría yo matado a todos los que estuvieran en el lugar".

Pero el camión no estaba, y Benny se puso a esperar. No llegó nadie. Por último, hacia las 5 de la tarde, telefoneó a la fábrica. Lo comunicaron con un agente del FBI que se mostró muy preciso en sus instrucciones. Benny debía quedarse exactamente donde estaba. Al punto partirían unos agentes para escoltarlo a su casa.

Junto con la policía local, el FBI se había encargado del asunto. En casa de los Baucom habría agentes día y noche y, en la fábrica, un pequeño ejército de representantes de la Ley ya había instalado un puesto de mando.

En su aislada tumba, 130 kilómetros al norte, Mike había encontrado el modo de volverse boca abajo. En esta posición descubrió una rendija entre el extremo de la caja y los lados. Cuanto más trataba él de mover la tabla, más se aflojaba esta. Se hallaba boca abajo, apoyado en los codos, cuando la tabla se soltó, haciendo que la tapa, con su carga de tierra, le cayera en la cabeza. Apenas tuvo tiempo de tomar un trozo de madera que había quedado dentro de la caja y ponerlo entre la tapa y el fondo para no ser aplastado. Ahora estaba como clavado al piso.

A las 4:30 de la madrugada siguiente, el jueves, sonó el teléfono en casa de los Baucom. De nuevo Benny oyó la voz de Mike... la misma grabación de antes. Esta vez la interrumpió:

-¡Díganme cómo quieren que entregue el dinero!
-Tiene dos días para reunir el dinero -indicó una voz de hombre.

Se oyó entonces un clic: habían colgado y sólo se oía un zumbido. La conversación había durado 25 segundos, tiempo insuficiente para que los del FBI pudiesen localizarla. Y aún no había instrucciones sobre la entrega del dinero.

Benny fue a la fábrica e intentó trabajar. Como de costumbre, hubo constantes llamadas de vendedores y de ingenieros. Pero no llegó la que él estaba esperando. Por la tarde, con los agentes, recogió el dinero; estos hicieron un paquete de 5000 dólares con billetes de diez envolviendo un fajo de billetes falsos, que tenía en el centro un aparato electrónico para seguirle el rastro.

Por último, la noche del viernes, llegó la llamada a la casa de Baucom. Una voz de hombre dijo a Benny que volviera a la fábrica, donde recibiría instrucciones.

Los preparativos fueron rápidos y cuidadosos, pues la fábrica era el lugar ideal para una emboscada. Los dos agentes que actuarían como guardaespaldas de Benny le dieron un chaleco a prueba de balas; en el bolsillo lateral de su saco pusieron una grabadora, y en el bolsillo del pecho, un radiotrasmisor. Si en algún momento Benny se alejaba tanto que no pudiesen oírlo, debía hablar por el trasmisor. A las 22:30 sonó el teléfono.

Benny oyó la grabación de la voz de Mike: "Ve al monumento de San Jacinto, al este de Houston..."

Al concluir las instrucciones, Benny dijo: "¡Eh! ¡Quiero hablar con mi hijo! ¡Ya tengo su maldito dinero! ¿Dónde está Mike?" Pero estaba hablando a la línea muerta. Así empezó la noche más larga de la vida de Benny Baucom.

Con los agentes acurrucados en el piso trasero del auto cubiertos con un saco de dormir, Benny condujo hasta el monumento y tornó el trasbordador. Mediante un aparato de radio los agentes se mantenían en contacto con otros hombres del FBI que había en la zona: en autos, aviones y hasta una lancha de motor que seguía al trasbordador.

Se dirigieron a la tienda de abarrotes donde Benny debía recibir la llamada de los secuestradores. En el estacionamiento había cuatro cabinas telefónicas. Con el dinero en una bolsa echada sobre el hombro, Benny salir del auto. Uno de los teléfonos empezó a sonar.

"¿Es Benny?", preguntó una voz y añadió: "Vuelva a la interestatal diez y vaya hacia el oeste hasta la gasolinera de la Exxon, a la salida de la calle Uvalde. Espere nuevas instrucciones junto a las dos casetas telefónicas".

En la calle Uvalde, Benny se detuvo en la gasolinera y se estacionó junto a las casetas telefónicas. Dos horas después sonó uno de los teléfonos. Esta vez, habló una mujer: "Vuelva a la tienda de abarrotes, estaciónese bajo las luces y abra todas las portezuelas del coche: todas. Y abra la cajuela".

Ahora Benny tendría que ir solo. Poco después de las 2 de la madrugada, camino de la tienda, bajaron los dos agentes que iban con él. Al llegar apagó el motor, abrió todas las portezuelas y la cajuela del auto, y esperó. Por fin, a las 5 de la madrugada notó movimiento en las sombras, por los límites del estacionamiento. Un hombre, un agente del FBI, se le acercó y le informó: "Se canceló. Telefonearon a su casa hace unos minutos para decir que todo se ha cancelado por esta noche".

Pese al gran esfuerzo del FBI, la esperanza empezaba a desvanecerse. Entonces, como a veces ocurre, surgió una pista desconectada de la operación del FBI. A las 0:30 horas del domingo, en la oficina del comisario del distrito de Montgomery, 65 kilómetros al norte de Houston, se recibió una llamada de un residente del lugar que avisaba de la presencia de un vehículo sospechoso estacionado ante una oscura tienda miscelánea.

Los agentes Jim Hall y John Orr acudieron allí. Al llegar vieron a un hombre de pelo negro junto a un auto destartalado llenando en un grifo unos frascos de plástico. El hombre explicó a Hall que estaba reabasteciéndose de agua para un campamento que tenía en el bosque. Orr pasó la luz de su linterna por el interior del auto. De pronto gritó: "¡Mira, Jim! ¡Hay una pistola sobre el asiento delantero!".

Tras cachear al individuo, los policías revisaron el auto. Encontraron en el asiento trasero una escopeta, y en la cajuela una ametralladora semiautomática, una bolsa de municiones, una grabadora, alambre y cuerdas, y un portafolios que contenía el pasaporte de Ronald Floyd White. Este nombre no representaba nada para los policías; en realidad, no estaban enterados del caso Baucom.

El sospechoso dijo que su nombre era Timothy Connelly. Su versión de los hechos: dos hombres le habían ofrecido pagarle si les conseguía agua para su campamento; no sabía dónde se encontraba este. Le habían dicho que volverían por él. Mientras hablaba, los policías vieron un pedazo de papel entre los asientos del auto. Contenía una serie de instrucciones para llegar a ciertos lugares, con órdenes de esperar llamadas telefónicas. Un renglón decía: "Volverán a ver a Mike con vida si..."

Hall y Orr llamaron a su oficina y pidieron que se les informara sobre White, que se buscara en registros de todo el estado. La respuesta no se hizo esperar: White era buscado en el sur ¡como sospechoso de un secuestro recién cometido! Mientras Hall y Orr se hallaban en su cuartel general, registrando la detención de Connelly, por la radio oyeron que unos colegas suyos habían descubierto una fogata en el bosque. Salieron de prisa hacia allá, y al llegar vieron que otros dos sospechosos iban ya rodeados por la policía; un hombre de barba llamado Mark Oler, y una joven, Debbie Williams. No había ni rastro de Ronald White.

Al ser interrogado por Jim Hall, Oler reconoció que White había estado aquella tarde en el campamento. Hall no conocía aún el nombre de la víctima del secuestro -en la nota sobre el rescate sólo se hablaba de "Mike"-, y estaba tratando de hacerle creer a Oler que sabía bien cuál era la situación. "Mira, Oler- le dijo-, sabemos que ustedes tienen a Mike, y parece que White se ha largado, dejándoles el paquete. Para nosotros tú eres el secuestrador, y si algo le ocurre a la víctima, te acusaremos de asesinato".

La treta surtió efecto: Oler condujo a la policía al campo petrolero abandonado. En el frío de las primeras horas del día, Hall gritó: "¿Mike?" Oyó entonces una voz ahogada y remota. Volvió a gritar y de nuevo le contestó aquella voz apenas audible. Los policías empezaron a cavar frenéticamente, con las manos. Encontraron un hoyo y Hall se inclinó lo más adentro que pudo. Sintió que una mano lo asía por la muñeca, en un férreo apretón.

A las 7:30 de esa mañana, Benny Baucom oyó que se abría la puerta de la cocina. "Tenemos a Mike", le informó Lamb. Había un auto de la policía aguardando, y en él fueron Benny y Glendell al tribunal del distrito de Montgomery, donde se les informó cómo había estado prisionero su hijo. Mike había perdido más de diez kilos, pero, aparte de una serie de piquetes de insectos y de la deshidratación, parecía estar en buenas condiciones. Minutos después, habiendo tomado una ducha, entró Mike.

Mike contó a la policía y a un enjambre de periodistas su odisea de cinco días. Con voz tranquila y firme recordó el pánico que lo invadió cuando empezó a vencerse la tapa de madera de la caja. Después se le ocurrió que, si llegaba a llover, probablemente se ahogaría. Días y noches eran lo mismo. Las hormigas le picaban las manos y los párpados, y tenía alucinaciones en que lo dejaban hecho un esqueleto. Por último oyó que alguien pronunciaba su nombre, sintió que le caía tierra encima, y luego vio una mano en un agujero, encima de su cabeza. La aferró y tiró de ella.

Tres días después, Ronald Floyd White fue detenido luego de una persecución en automóvil a gran velocidad cerca de Río Hondo, Texas. A White, Connelly, Oler y Williams se les declaró culpables de secuestro con agravantes.

***

Escrito por Andrew Jones para 'Selecciones del Reader´s Digest', del mes de Diciembre de 1984.

Pagina web de Bebco Industries, que sigue dirigida por Benny Baucom y su hijo Mike: Bebco Industries.

Nota:

(1) Americanismo. Es una tienda que se ocupa de la compraventa de diversos productos tales como alimentos enlatados o envasados, jugos y néctares, bebidas gaseosas, artículos de limpieza, lácteos, dulces y frituras, carnes frías, vinos y licores, entre otros, en la mayoría de los casos al público en general.


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