El castillo Vogelod Cine de terror

Cine de terror, ciencia ficción, fantasía y literatura fantástica

El clavo (1944)

Blanca (Amparo Rivelles) y Javier (Rafael Durán) se conocen durante un viaje: Javier es juez y Blanca una reservada mujer que no le cuenta mucho a Javier de quien es, pero pasan unos días juntos, se enamoran y deciden casarse. Javier recibe la orden de que tiene que presentarse en el juzgado y tiene que viajar y dejar a Blanca. Deciden volver a verse un mes después para casarse.

Ojalá fuera Drácula, sería todo mejor Amparo Rivelles

Durante ese tiempo Javier le escribe cartas pero ella no contesta. Acude al hotel donde se alojaron y ella ya no está allí. Javier piensa que Blanca lo ha engañado. Cinco años después, al juez lo trasladan a otro juzgado. Paseando por el cementerio con el secretario judicial (Juan Espantaleón) el juez descubre una calavera con un clavo, y deduce que alguien ha sido asesinado. Comienzan las investigaciones para descubrir el nombre del fallecido y descubren que era un indiano (José María Lado) que vino de las Américas y se iba a casar con una tal Gabriela, que ha desaparecido y no saben donde está. El secretario se pone a buscarla (andar por ahí nada más).

Paseando por Madrid, el juez se encuentra de nuevo con Blanca. Deciden no volver a separarse más y cuando vuelve a su juzgado para hacer las maletas y volver con ella, Javier recibe la inesperada noticia de que la tal Gabriela ha sido encontrada y detenida. Entonces preside el tribunal en el juicio contra ella y cuando entra Gabriela descubre que es Blanca, que cuenta que sí, que mató a su prometido pero porque era un canalla, un indiano de Cuba que traficaba con negros y mala persona que la obligó a casarse con ella para pagar unas deudas de sus padres y ella lo mató por eso. Y es condenada a muerte.

Producción española de Cifesa dirigida por Rafael Gil, director habitual en estos tiempos franquistas, adaptación de una historia de Pedro Antonio de Alarcón. El director dirigió otras adaptaciones como la mediocre Eloísa está debajo de un almendro (1944) o la celebrada adaptación de la novela de Cervantes 'Don Quijote de la Mancha' (1947).

El cine del período franquista es mediocre y falto de un estilo interesante que pudiera estar alejado de la influencia de la Iglesia Católica y del control férreo de los mecanismos del Estado, con lo que el llamado séptimo arte se denigra a baratija de mercadillo. Como todas las producciones sufrieron en consecuencia la censura e intromisión del control férreo del Estado, la calidad cinematográfica se resiente inexorablemente al no haber libertad creativa (de la libertad de expresión ni hablar) pues todo queda restringuido y limitado a lo que ese control quiera que se muestre, y el cine precisamente fue uno de esos medios de control de masas más prodigamente utilizado por el régimen porque es más fácil de manipular. Y si a esto se unen los directores que estaban al servicio de ese poder fáctico, las producciones se merecen la fama que tienen.

Creo que ya he hablado suficiente sobre la mediocridad y otras cuestiones referentes al cine franquista en la sección 'Otras películas' (sección suprimida que están en 'El desván' de Desde el espejo) donde comento algunas películas de este período franquista de España, así que no quiero repetirme y me remito a esa sección, porque también es cansino hablar de lo mismo, pero es imposible no ver las taras de las películas surgidas en este período como la que tratamos ahora.

Supuestamente basada en un caso real, la acción se sitúa en el siglo XIX, es un película de época que de entrada tiene interés por salirse del género folclórico o simplemente frívolo para contarnos, supuestamente, un drama criminal. Sin embargo, el resultado es más bien un exacerbado drama romántico cargado de petulancia e incómoda sensiblería que raya lo absurdo, propia de un folletín barato.

Comienza terriblemente mal, el encuentro de la pareja formada por el juez y Blanca provocan unos diálogos de salir del paso que se oyen hasta que advertimos que no tienen ningún interés; el juez se enamora perdidamente de Blanca de inmediato claramente en un exceso de arrebato romántico que no funciona en pantalla, ni literariamente, pues el relato de Pedro Antonio de Alarcón en que se basa la película es bastante mediocre.

La sosería de Amparo Rivelles no ayuda en absoluto como tampoco la prepotencia, casi juvenil, de Rafael Durán, juez altivo o condescendiente según el momento, lo que en vez de construir un personaje de personalidad fuerte admirable lo que produce es antipatía.

Amparo Rivelles no actúa con sentido y sensibilidad, como debería ser, sino al contrario, con sentido equivocado y sensiblería, y su actuación es tristemente mediocre, cumpliría los estandares del franquismo más rancio y duro de la época, pero sin duda no cumplía los estándares del mundo libre, mundos tan diferentes que por razón el cine franquista es considerado mediocre y prescindible.

Aquí hay un exceso melodramático casi infantil, las proposiciones amorosas son vergonzantes, es un drama pueril donde en principio el atractivo reside en el anónimo crimen que se comete y el misterio de descubrir quien lo cometió y por qué. Pero lo primero se nos anticipa indirectamente pues no puede ser nadie más que Blanca y lo segundo, el por qué, la explicación es tan abrumadora que casi es imposible de seguir, la dicción tampoco ayuda, entre las lágrimas y los mocos de la Rivelles es una tortura real. Las escenas en el cementerio son los mejores momentos porque se sitúan en un cementerio pero la calavera no se ve; ¡ni el clavo!.

Aunque sea una película de época, da la impresión de que ambos mundos, el siglo XIX y el período franquista de ese momento de los años 40 confluyen de alguna forma en la historia, y aunque la ambientación de época consigue afortunadamente suavizar un poco la impresión y que estamos viendo la España y actitudes del siglo XIX, ciertos comportamientos nos llevan a pensar que todo es simplemente una máscara, pues parecen notarse los prejuicios propios del regimen franquista, con lo que nos tragamos alguna apología que no querríamos oir o ver: el juez esconde una altivez que sale en los momentos más inesperados que resultan bastante hirientes, a la vez que condescendiente, que reparte monedas para ganarse el afecto de los demás. Es imperativo y categórico, no creo que sólo por el hecho de ser juez sino por el franquismo de España en ese momento, y la autoridad del poder (juez, la clase alta) era tan absoluta que debía mostrarse en cualquier ámbito. Y no sólo las clases poderosas, como el juez, sino también sus subalternos: el desprecio social, y puede que incluso racial, del secretario judicial de calificar de "esto" (sic) al sepulturero que cava una tumba del cementerio donde se encuentran la calavera con el clavo es ofensivo, da grima. No hay ningún atisbo de humor en esas actitudes ni en el comentario, son extensiones de lo que había en ese momento en este país.

El franquismo consiguió dividir a la sociedad española en vencedores y vencidos sin ánimo de integración y en un ambiente de represión brutal que necesariamente, a la más minima oportunidad se mostraba en las películas de este período, la soberbia del poder, incluso cuando uno no se lo espera, aparece. Vemos también que el pobre sepulturero no tiene ni para comer, otro retrato acertado del período franquista. Cuando Javier y el secretario pasean por el cementerio, aparecen el alcalde y el cura, pero son sólo adornos, seguramente para hacer alguna afinidad con la época contemporánea, y no participan actívamente en nada de la historia.

Se nos muestran como es lógico relaciones costumbristas que nos sitúan un poco a los personajes, parecen superficiales pero no tanto: la moralidad de Blanca le lleva a decir que no está bien estar a ciertas horas de noche en la calle, lo que denota mujer reservada y de su casa, temerosa de las habladurías; bajo la sombra de la Iglesa católica hombre y mujer son/deben ser cristianos, su encuentro despues de tantos años (que se produce porque sí) se resuelve en una Iglesia, con la persignación de rigor incluida, el juez tiene en su tribunal un gran crucifijo delante de sus narices (que aparta dulcemente para poder ver) y la mujer es condenada a la horca y se justifica, de forma simplona, por cumplimiento de la ley, con lo que la conciencia del juez está a salvo (!). Para gritar. Aceptación y resignacion hija mía, y aun así esa mujer que va al otro barrio no tiene más aspiraciones que volver a estar en los brazos de su amante, el que la condena, que no se entera. Y arrepentirse porque el perdón es de Dios.

Y entonces sucede lo siguiente: Javier logra que se cambie la pena a cadena perpetua, y como un gran triunfo lo celebra, encerrada de por vida en una celda de mala muerte, se cumple la ley y punto, y el amor tal cual, y hay que decir que con una tan mala dicción es dificil entender a veces lo que dicen los actores sobre todo si hablan bajito.

Amparo Rivelles sobresaliente para los estándares del franquismo, pero como se ha dicho mediocre para el resto del mundo libre, y para la Iglesia Católica ideal: mujer sufrida, abnegada, resignada, digna, y es considerada una gran actriz de ese período, así era el nivel que había. En 1947 haría 'La fe', también de Rafael Gil y de nuevo con Rafael Durán, este es un cura y ella una aspirante a monja (película que se intentará ver y comentar, como es menester, pero para la otra sección sin duda).

Amparo Rivelles se labró una sólida carrera profesional, sobre todo teatral, en los tiempos de democracia siguió actuando, entre otros trabajos, en una buena serie dramática de televisión como fue 'Los gozos y las sombras' (1982) donde era Doña Mariana, una aristócrata. Rafael Durán en su papel, casi siempre solía hacer de aristócrata altivo, no hay más que comentar a lo dicho ya.

A esta pareja protagonista les acompañan secundarios habituales de este mediocre cine español del período franquista, en el cual lo destacable en el lado bueno de las cosas son precisamente los buenos secundarios que tiene, muchas veces mejores que los mismos protagonistas: Juan Espantaleón, el secretario judicial (que tiene cierto parecido con Lionel Barrymore) que fue con Rafael Gil sacerdote en 'Don Quijote de la Mancha', tiene algún diálogo ingenioso (aparte del insulto mencionado) y es una perfecta réplica a la prepotencia de Rafael Durán; Juan Calvo, el logrado Sancho Panza de la versión nombrada de don Quijote, es un tio de pueblo cejijunto que viaja en el mismo coche que el juez y Blanca al comienzo de la película, y le ofrece queso a los dos.

El gerente de hotel es José Franco, algo cómico y chistoso, fue el fantasma de Napoleón en 'La torre de los siete jorobados' (1944) de Edgar Neville, una de esas rara avis del cine español franquista que tenía algo de calidad; y el sepulturero es Joaquín Roa, gran secundario de este país. El malo, el indiano esclavista es José María Lado, que sabía darle el aire antipático y cruel a su personaje.

Manuel Requena, que tambien salió en la de don Quijote haciendo de ventero, es un campesino que aloja al juez y a Blanca en su casa cuando estos se guarecen de la lluvia en un día de camping, que por lo visto no está nada más que para servir a cualquiera que llame a su puerta cuando llueve y pida alojamiento. Todo sirve al propósito de mostrar una extraña, e hipócrita, cordialidad entre clases, por el simple hecho de estar unidas bajo el mismo ideal católico. Se intercambian Virgen y Purísimas a tutiplén, y la adoración del poder se ve aquí, en este tipo simplón, algo idiota, que sonríe benévolo ante cualquiera que entre en su casa, mientras sus hijos duermen sobre la mesa. Si es que... Junto a ellos otros aportan su vis cómica de buen gusto, como esos que esperan declarar ante el juez, un retrato jocoso de personajes anónimos.

El descubrimiento del juez de esa calavera con el clavo es surrealista por simple, se la encuentra y tal, y ya sabe que se ha cometido un crimen, en un instante al garete con todas las novelas de Conan Doyle y Sherlock Holmes, como las de Agatha Christie y Hercules Poirot, esos herejes extranjeros, ¡que sabrán ellos que no sepa un español! (nótese el sarcasmo, please) (1). Ni la calavera ni el clavo se ven, tampoco el momento del asesinato, excepto la condena, y la muerte de Blanca tampoco se ve. La horca sí, es el símbolo del castigo, del poder del Estado. Realmente aquí impera la nada.

La fotografía oscura es sólo eso, oscura, tan básica y convencional que no tiene claro oscuros significativos ni relevancia artística se mire por donde se mire. Floja, muy floja, tanto de actuación e historia. La dirección de Rafael Gil, tan convencional como siempre, no destaca en nada. Sensiblería petulante al servicio de un misterio simplón, irrisorio, un querer y no poder. Es como ver a niños pequeños intentando construir algo o jugando a ser mayores, bajo la mirada y la tutela del papá Estado. En fin, el resultado general es estúpido. Retrato de una época ¡indudablemente!.

Aunque es un drama misterioso pésimo, ni por asomo un thriller, aún así lo favorable es que está alejado del género folclórico, y entra en la misma categoría de películas, igualmente decepcionantes y de misterio aun mas simplón, acomodaticias con el poder y las clases altas de la época, en las que están Misterio en la marisma (1943) de Claudio de la Torre o la mencionada de Rafael Gil Eloísa está debajo de un almendro producciones que intentan fallidamente recrear suspense sin lograrlo.

Por último, algo favorable por lo que implica, hay dos escenas de besos, en la boca, que sorprende por haber pasado la censura católica. Y finalmente, el campesino cejijunto mencionado del coche de caballos, parece pitorrearse del caballero juez, lo que produce gracia, aunque es algo bizarro ver semejante anacronismo. El cementerio funcional, pero quizás sea lo mejor de este disparate franquista. Duración aproximada: 90 minutos.


Nota: (1) en realidad, el autor de la historia en que se basa la película, el escritor romántico Pedro Antonio de Alarcón (1833-1891), se inspiró en Edgar Allan Poe para hacer esta obra. El relato es tan mediocre como la película, que hace algunos cambios respecto al original: en la película no se hace mención a que Blanca está embarazada del juez, por la relación de adulterio que mantiene con él, y mató a su marido para felicidad de su hijo bastardo. Algo impensable que la Iglesia lo justificase, por ello se elimina del guión. En el relato además Blanca muere en el patíbulo justo cuando Javier trae el indulto. La actitud altanera que muestran estos señores en la película, no aparece en el relato de ninguna manera, y en él, la historia sucede en ciudades y pueblos de Andalucía, como Sevilla o Córdoba, y en la película se sitúa todo entre Madrid y las ciudades de Castilla, por el centralismo político franquista de la época. Por último, es fiel la idea del clavo pero cómo se puede certificar la muerte de alguien que tiene clavado un clavo en la cabeza como apoplejía, que es lo que hace el médico, cuando a todas luces es un crimen, y no hace falta esperar a un juez para ello. No es este Auguste Dupin, no.

Imágenes

De pueblo José María Lado y Rafael Durán Manuel Requena José María Lado Amparo Rivelles Juan Espantaleón


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